CUATRO TRISTES RASCACIELOS

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Emergen de la nada, donde otrora se entrenaban los Butragueño, Sanchís, Michel y compañía, en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid. Como en un casual paralelismo con el devenir de los blancos, donde se entrenaron los equipos merengues con más casta, hoy reina el lujo desproporcionado y el dinero por el dinero. Igual que el equipo de Chamartín se ha convertido en un mercado persa donde no importan los valores tradicionales del equipo más laureado de España, sino el tráfico interesado del dinero, así se yerguen los cuatro rascacielos más absurdos de la historia de España, fruto de los anhelos y desvaríos de la casta de los constructores, tan poderosa en nuestro país en las últimas décadas.

Son cuatro, como los Jinetes del Apocalipsis. Son ridículos como un belga por soleares, como decía el gran Sabina, en medio de una gran masa de viviendas de protección oficial de los tiempos de Franco. A su lado, la toda la vida esbelta torre del Hospital de La Paz, se ha achicado y ha perdido su elegancia y su visibilidad desde amplios puntos de la capital.

Ocupados a día de hoy escasamente a la mitad de su capacidad, su soledad y aislamiento actual acentúan todavía más el despropósito de su construcción. Son probablemente la lápida viva del Florentinismo, del Pocerismo, de las Fadesas y Coloniales, de un estilo de vida y apariencia que muere agónicamente con la crisis actual, más dura en nuestra España debido en gran medida a ese nuestro amor a la burbuja inmobiliaria, que terminó explotándonos en las manos como la pompa de jabón saliendo del juguete del niño.

El absurdo intento de copiar La Défense parisina (tan absurda como aquí) en Madrid, no se explica, máxime cuando el concepto de parque empresarial moderno ya no se estructura hacia arriba en rascacielos, sino en ciudades empresariales integradas en el medio natural, como la Ciudad del Santander o la de Telefónica, por citar sólo dos ejemplos.

De cara al exterior, a cualquier extranjero que haya estado en Chicago, Nueva York o Shanghai, donde los rascacielos se cuentan por cientos, y aterrice en Madrid viendo desde el avión los cuatro quiero-y-no-puedo, se le tiene que quedar una cara que tiene que ser para nota.

Una ciudad tan bonita como Madrid en su parte clásica, con unos edificios imponentes en su época, incluso los entonces “rascacielos” como el edificio España y la Torre de Madrid (curiosamente hoy casi vacíos), y con una zona de negocios discreta, moderna y elegante como Azca en los setenta-ochenta, no se merece una pérdida así de personalidad, queriendo ser lo que nunca podrá llegar a ser.

Hoy en día, los rascacielos son fanfarronadas de los países en crecimiento que quieren o bien emular a sus referentes capitalistas, como es el caso de China, o bien demostrar que con su poderío económico les es suficiente para colocarse a la altura de la vieja Europa o del sueño Norteamericano, como es el caso de Emiratos Arabes o Malasia.

En la Europa avanzada lo que se lleva son edificios empresariales planos, integrados en la naturaleza y con pleno aprovechamiento de las energías naturales. Edificios más seguros, racionales y menos dañinos para el medio ambiente.

Pero el ego español, ese que nos ha llevado a darnos el tortazo más grande de la crisis mundial, aún no ha llegado a su summum. Ya verán ustedes cómo, si esos edificios siguen sin ocuparse y sus propietarios amenazan con declararse en quiebra, allí estará Esperanza y sus compinches para, en pos del bien común, comprar con el dinero de todos esas moles, y llenarlas de alegres y trabajadores funcionarios con los que dar lustre a esas locuras que nunca debieron construirse.

Autor:admin
Datum: Lunes, 19. Julio 2010 22:37
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