NOSTALGIA URBANA
Domingo, 27. Junio 2010 17:35

Que nada es como era antes es una afirmación que vamos haciendo las personas conforme nuestros recuerdos van pesando cada vez más en la mochila de la vida, y le van ganando espacio a los proyectos de futuro.
Paseando por las calles de una ciudad cualquiera, uno va echando en falta elementos que formaron parte inseparable de ellas y de nuestras vidas y que, con el paso del tiempo, han desaparecido casi totalmente, en una muestra clara de que nos vamos haciendo mayores.
Una de ellas es la cabina telefónica. Elemento que fué imprescindible en nuestras calles, hoy es un elemento residual que ya ni conserva su forma original y que queda en muchos casos únicamente para solaz de los vándalos urbanos.
Recuerdo de crío la especial sensación de quedar encerrado en ella tras esa puerta plegable que se cerraba implacable, aislándote del mundo mientras tu padre o madre hablaban por teléfono. Con el paso del tiempo, éramos nosotros los que la utilizábamos, previa pelea con la moneda que siempre volvía a caer al cajetín, para solicitar una prórroga paternal el sábado por la tarde o para llamar a esa chica con la que querías quedar a toda costa. Cuántas historias de amor comenzaron o acabaron en la intimidad del metro cuadrado de una cabina. Ni siquiera la sensacional y surrealista historia de Mercero con López Vázquez de protagonista restó protagonismo a este elemento urbano, que incluso provocaba filas en su puerta para llamar por teléfono.
Pero el maldito teléfono móvil del demonio ha ido acabando con la vida de estos pequeños oasis de privacidad en medio de la ruidosa y fría ciudad, aunque no podrá nunca borrar nuestras vivencias con las cabinas.
Otro elemento que formó parte de nuestras vidas callejeras fue el cocinero de Coca-Cola, sí, aquel orondo cocinero con gorro y todo, que nos ofrecía el menú de ese restaurante con una sonrisa que transmitía confianza y que formaba parte ya de la familia. Las nuevas acciones de marketing, unidas a las leyes de ediles que han convertido las calles en propiedad de los ayuntamientos en vez de lugares de vida de los vecinos, han acabado con ellos.
Y junto a estos dos elementos, cómo no mencionar al guardia urbano, ese policía con casco blanco que a los críos nos parecía un orinal, que estaba siempre en el mismo cruce no sólo ordenando el tráfico, sino completando con un toque humano el paisaje de ese rincón de la ciudad. Recuerdo cuando íbamos al colegio y cruzábamos por algún lugar no demasiado adecuado, cómo nos echaba la bronca más como la recomendación de un padre que como la de un agente de la autoridad. Recuerdo asimismo, en época navideña, la imagen del guardia encima de una especie de elevación circular de la calzada desde la que dirigía el tráfico, y a sus pies, una caja con tabletas de turrón, o una botella de champán (entonces no se llamaba cava).
Podríamos seguir enumerando otros elementos que formaron parte de nuestra memoria y de nuestras vivencias, y que han abandonado nuestras vidas de manera discreta, como por la puerta de atrás, pero que yo me comprometo, desde este humilde rinconcito de Internet, a no olvidarlos nunca.
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