ODA A EL TIMPLE
Lunes, 29. Marzo 2010 23:47

Nunca tendrá una estrella Michelín. Seguramente tampoco aparecerá en ninguna guía gastronómica de la ciudad de Zaragoza. Pero probablemente Zaragoza no sería lo mismo sin estas hamburgueserías. Les hablo de El Timple, una cadena de pequeños burgers situados estratégicamente en los lugares de marcha de la ciudad.
Son locales muy pequeños, en los que la limpieza no es su factor diferencial, al más puro estilo norteamericano, con una gran plancha casi al lado de la barra, y unas pocas banquetas altas y repisas donde poder apoyarte para degustar unas deliciosas hamburguesas o su bocata marca de la casa, el “campero”.
Llevan más de treinta años funcionando, y mientras otros burgers legendarios de la ciudad como Hamburgo´s, Pokins, Mister Bocadillo, Burger’80, Ñam-Ñam o Burger Rubio´s fueron cerrando ante el implacable ataque de Mc´Donalds, Telepizza y compañía, El Timple se ha mantenido ahí, fiel a su esencia, sin necesidad de ofertas de Happy Meal, de entrega a domicilio o de dos por uno.
Probablemente su éxito ha sido no creerse nunca un fin, sino un medio. El Timple no era nunca un destino, sino la necesaria parada para continuar la marcha tras un necesario receso. Muchas veces, ni te comías la hamburguesa dentro, sino en la puerta del local, o incluso por la calle.
Hoy he ido a cenar allí con mis hijos y mi mujer, y nos hemos sentado en la misma banqueta donde hace veinticinco años me sentaba con mis amigos para cenar y hablar de a qué chicas les íbamos a entrar esa noche, o en la misma donde nos sentábamos muy avanzada la noche para echar algo sólido al estómago que compensase el excesivo grado etílico que llevábamos encima.
Soy de los que piensan que la vida la hacen multitud de pequeñas cosas, de lugares, de vivencias que vamos echando en nuestra mochila. El Timple sin duda es uno de esos lugares que nos identifican con una ciudad, y que nos hacen sentirnos vivos en unas urbes cada vez más frías, uniformadas y despersonalizadas. Hoy en día, estés en Sanghai. Madrid, Nueva York o Buenos Aires, da igual, el paisaje es el mismo, las mismas tiendas, los mismos restaurantes, los mismos logos en los paneles publicitarios.
Por suerte, todavía quedan lugares que, a pesar de la globalización, a pesar de Internet y su dictadura uniformadora, nos hacen identificarnos con una ciudad, con una época dorada de nuestra juventud, y que siguen estando ahí, esperando a que, en pocos años, nuestros hijos se sienten con sus amigos en esas mugrosas banquetas y hablen de tal o cual chica o chico mientras se zampan una deliciosa hamburguesa y una Coca-Cola.
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