HAITI
Viernes, 22. Enero 2010 16:48

El terrible terremoto de Haití, una de las mayores catástrofes de la Historia, nos ha dejado un montón de interrogantes, de reflexiones y de constataciones, que desde la tranquilidad y comodidad del primer mundo, muchas personas nos planteamos.
Para empezar, el primer sentimiento que nos vino a la cabeza al conocer la noticia es el de no comprender por qué la desgracia se ha cebado de semejante manera con, y sólo con, el país más pobre de América. Es que incluso compartiendo Haití insularidad con República Dominicana, sólo ha afectado a los primeros. El viejo debate de dónde está en estas ocasiones el Dios en que creemos se reabre en el interior de todos nosotros, aunque nos cueste reconocerlo en público.
Otra de las cosas que más impresiona, quizá por esa sensación de bienestar y de buena organización social de la que creemos poseer en este planeta en los albores del siglo XXI, es la constatación de que cuando la necesidad y el hambre llaman a nuestra puerta, la socialización sale por la ventana, y nuestra condición animal nos domina por completo. Las imágenes de los pobres haitianos saqueando, peleando e incluso matando por conseguir un poco de comida son de una significación pocas veces vista en nuestra era de la globalización televisiva.
Como bien reflejó Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, hay circunstancias en las que el hombre deja a un lado su carácter social y se convierte, como ya dijo Plauto hace más de 2000 años, en un lobo para el hombre.
Llama asimismo la hipocresía de Occidente en general, y de Estados Unidos en particular, que ahora se disputan la predominancia en las labores de ayuda cuando hace un mes nadie se acordaba de un país que no dispone de recursos naturales ni económicos, y que por tanto, no tiene el menor interés para las potencias occidentales.
Las dictaduras gobernantes en Haití, primero de Duvalier y después de Aristide, convirtieron este pequeño país en un caos y en un peligro para la seguridad de la región caribeña. Y cómo no, detrás de ellos, y sobre todo en el caso de Aristide, la mano de los Estados Unidos, ayudando a llegar al poder a dictadorcillos que tarde o temprano, provocan el efecto contrario al deseado, bien porque el pueblo los derroca, o bien porque acaban “pasándose al enemigo” como el caso de Aristide. Pero ahí está la Cía para organizar derrocamientos y nombramientos, para evitar por las buenas o por las malas, que un país tan cercano a E.E.U.U. pueda suponer un problema.
Ahora, todos quieren ayudar. Hace un mes, sólo algunas ONG’S, y como siempre algunas órdenes religiosas católicas estaban allí ayudando al paupérrimo pueblo haitiano. Ahora, los políticos viajan a hacerse la foto sobre el terreno, todas las televisiones emiten en directo desde allí, se organizan conciertos benéficos y se destacan exageradamente los envíos de ayuda, aunque éstos se amontonen en el aeropuerto porque la inseguridad hace que no se puedan repartir.
Pero dentro de poco, cuando los focos de la televisión se apaguen, cuando otras noticias eclipsen la tragedia de este país y los políticos se olviden de dónde está Haití, todo volverá a la normalidad. Es decir, al olvido, a la pobreza, a la guerrilla, a los intereses políticos norteamericanos en la zona y a la inestabilidad de un país de mayoría negra… y pobre.
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