NO SOMOS NADA
Lunes, 26. Octubre 2009 19:40

Estaba allí, tendido en la fría calzada de una nacional cualquiera, cubierto con una especie de manta que parece hecha de papel de aluminio. Bajo esa cobertura, sobresalen dos zapatos que ya no harán más camino. A su alrededor, sólo un guardia civil dirigiendo el tráfico para aliviar el atasco producido por el accidente sucedido minutos antes.
Es una escena que se repite cada día en algún punto del país. Viendo la imagen, me viene a la cabeza el famoso dicho que encabeza este artículo. Pienso en cuán delgada es la línea que separa la vida de la muerte, y lo poco que reparamos en ello.
Intento imaginar qué había hecho esa persona horas antes de quedar inerte sobre el asfalto. Si había reído con sus hijos contando el último chiste contado por el pequeño de la casa. O si por el contrario, venía de una reunión de trabajo donde le habían comunicado que, por la maldita crisis, era uno de los que la empresa iba a despedir.
Quizá venía pensando en que tenía que pasar por la agencia de viajes a recoger los billetes para irse con su pareja a Londres en el próximo puente, o que se había comprometido a comprar la carne para la costillada que los miembros de su equipo de fútbol habían organizado el domingo.
Quién sabe si hacía cálculos mentales sobre la hipoteca que le ahoga un poquito más todos los meses, o si estaba pensando en ir a visitar a ese amigo al que acababan de ingresar en el hospital.
Da igual. Todo ha acabado. Los sueños, los planes, las estrecheces. La vida.
Fuera como fuese esa persona, educada o analfabeta, pobre o rica, optimista o pesimista, el resultado es el mismo. Allí está, tirado en el suelo, perdida esa dignidad que tanto valoramos, tapado como si quisiéramos borrar de nuestra vista la incómoda presencia de la muerte. No ha habido tiempo de despedirse de la familia, de decirle a su pareja lo feliz que le ha hecho, o a su hija lo orgulloso que está de ella. No ha podido decirle a su amigo Carlos lo importante que fue su ayuda en aquel momento crítico cuando quebró su primer negocio.
Nada de eso ha podido ser. En pocos segundos, el destino ha decidido que esta película ha llegado a su fin, y que el final esta vez no será el de la princesa rescatada por el príncipe azul, ni el de una familia paseando por una verde pradera mientras la cámara hace un travelling para que se vea también la playa hacia la que se dirigen. El final es el frío y duro asfalto, y la espera a que llegue la furgoneta de la funeraria mientras el silbato del guardia civil sigue sonando ajeno a todo lo que se rompió debajo de aquella manta de aluminio.
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