¡OH,NAVEGADOR!
Domingo, 29. Marzo 2009 18:16
En cierta ocasión escribí sobre el extraño efecto hipnotizador que tenían sobre determinadas personas algunos artefactos de la tecnología moderna, como la cámara de fotos digital o el teléfono móvil. Pero con el paso del tiempo, se ha añadido otro más, el navegador.
Se trata generalmente de un cacharro portátil, que hay que situar en algún lugar visible del coche. Para ello, el personal idea todo tipo de artilugios, enganches y ubicaciones a cuál más complicada e ilógica. Hay quien incluso lo coloca casi en la línea recta de visibilidad de los ojos del conductor.
Se ha convertido en una especie de Dios, en un ente superior que, desde un lugar preeminente del vehículo, dirige y gobierna los destinos del coche y de quien lo ocupa. A ésta conclusión he llegado después de mucho trabajo de campo en la observación del comportamiento de aquellos que disponen en su coche de este aparatejo.
Desde el momento en el que lo colocan, todo recorrido en el coche debe ser escrutado y dirigido por el Dios Navegador, aunque vayamos de Goya a Sagasta o de casa al trabajo, como en los últimos 15 años. La metálica voz del navegador, anula todo indicio de conversación en el interior, y mientras no se le han dado los datos correctos de adónde nos dirigimos, no puede comenzar el viaje, ni por supuesto dar comienzo ninguna conversación en el interior del habitáculo. En muchos casos, se invierte el mismo tiempo en introducir con el coche parado los datos en el navegador que en realizar la mitad del trayecto, o el trayecto entero.
Queda por supuesto que este Dios es infalible. Nadie osa cuestionar que nos va a llevar por el lugar correcto, aunque tú sepas por la experiencia de los últimos 20 años que de tu casa a casa de tu suegra se va por la calle de las Rosas y no por la de los Tulipanes y luego girar a la derecha. Como vayas en coche ajeno y se te ocurra cuestionar la voluntad de Dios, automáticamente eres ignorado y tratado como un vulgar hereje.
Este cacharro provoca dos efectos a cual más peligroso. El primero es evidentemente el riesgo que supone para la conducción, y por tanto para la integridad de los ocupantes, la manipulación del aparatito y la atención en exclusiva que nos requiere en demasiadas ocasiones. El segundo es la colaboración activa que tiene este sistema en la idiotización del ser humano, ocupación en la que ya han hecho su trabajo el móvil y la cámara digital. La anulación de la capacidad de pensar de la persona es uno de los primeros pasos para la autodestrucción de la especie humana.
Si resulta que hasta nuestros desplazamientos nos los va a dictar una máquina, diciéndonos por dónde debemos dirigirnos, anulando nuestra capacidad de discernimiento y de elección, pues apaga y vámonos. Vámonos, eso sí, girando en cien metros a la derecha…
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