LOS CHARLATANES HAN VUELTO
Lunes, 27. Octubre 2008 9:26
Recuerdo que cuando era crío, e iba con mis padres a la Feria de Muestras, una de las figuras que más me llamaba la atención era la de los charlatanes, aquellos señores que vociferaban, o por lo menos así me lo parecía, cantando las excelencias del cuchillo que no había que afilar o de la aspiradora que se tragaba toda la suciedad en un santiamén.
Era difícil discernir quién era el protagonista de aquel espectáculo que reunía a un buen número de personas en aquellos corrillos, si el maravilloso y milagroso producto o el charlatán que lo presentaba. Aquellos vendedores, con más muescas en su revólver que Jhonn Wayne, eran verdaderos expertos en atrapar a las amas de casa con su verbo fácil y su gesticulante arte de venta.
Sin duda, eran los artistas de la prescripción. En un escenario en el que el desconocido producto y los potenciales clientes se encontraban por primera vez, la labor del charlatán-prescriptor se convertía en fundamental para conseguir la venta, objetivo ineludible de todo aquel montaje.
Hoy en día, los productos se presentan directamente en las baldas de los grandes centros comerciales, y la labor del prescriptor ha sido sustituida fuera del punto de venta por la de la publicidad, y dentro por la del merchandising.
Aún hoy, cuando nos topamos en el hiper con una persona promocionando algún producto, y si ésta es sólo un poquito convincente, nos damos cuenta de la importancia de una buena labor de prescripción en el punto de venta.
Está claro que los charlatanes desaparecieron, no por el impacto de un meteorito sobre la tierra cono los dinosaurios, sino por el tremendo big-band que supuso el cambio de modelo comercial con la llegada de los autoservicios primero, y de los hipermercados después.
Pero hace unas noches, al terminar uno de mis posts, y haciendo honor a mi condición de desvelado, me puse a ver la televisión, con la intención de ir cogiendo el sueño, dada la habitualmente soporífera programación de cualquier cadena. Pero mi sorpresa fue mayúscula al constatar que los charlatanes han vuelto. En varias cadenas se reproducía la misma escena. Un charlatán, generalmente del sexo femenino y con un generoso escote, en segundo plano un panel con una sopa de letras o algo similar, y sobreimpresionado un rótulo con un número de teléfono y una cantidad de euros.
El charlatán no dejaba de hablar ni medio segundo, produciéndose con rápidos movimientos casi espasmódicos que lo que consiguieron es que me pusiese cada vez más nervioso. El contenido de su mensaje se reducía a la imperiosa necesidad que teníamos los telespectadores de conseguir esa cantidad de euros. Este mensaje, agotadoramente recurrente, sólo se interrumpía, muy de vez en cuando, por la entrada en antena de alguna llamada que, como es normal, no acertaba ni de coña lo que ocultaba el panel.
Harto de este espectáculo, y tras encontrármelo constantemente repetido en varias cadenas, me topé en otro canal con un musculoso señor que, con el torso desnudo, cantaba las maravillas de una especie de bicicleta estática, vociferando, o eso me pareció a mí, y repitiendo machaconamente el precio de la misma, y que si me decidía ya, me regalaban un sensacional pulsómetro.
Acto seguido, y más desvelado que antes, apagué el televisor y pensé: Está claro, han vuelto; o quizás es que nunca se fueron.
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