FELIZ VERANO A TODOS

Miércoles, 28. Julio 2010 7:58

Tras un duro invierno de frío, crisis y desvaríos políticos, llega el momento de tomarse un descanso para limpiar la mente y descansar el cuerpo. En septiembre nos volvemos a encontrar. Para todos los asiduos seguidores de eldesveladodezaragoza, feliz verano.

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CUATRO TRISTES RASCACIELOS

Lunes, 19. Julio 2010 22:37

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Emergen de la nada, donde otrora se entrenaban los Butragueño, Sanchís, Michel y compañía, en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid. Como en un casual paralelismo con el devenir de los blancos, donde se entrenaron los equipos merengues con más casta, hoy reina el lujo desproporcionado y el dinero por el dinero. Igual que el equipo de Chamartín se ha convertido en un mercado persa donde no importan los valores tradicionales del equipo más laureado de España, sino el tráfico interesado del dinero, así se yerguen los cuatro rascacielos más absurdos de la historia de España, fruto de los anhelos y desvaríos de la casta de los constructores, tan poderosa en nuestro país en las últimas décadas.

Son cuatro, como los Jinetes del Apocalipsis. Son ridículos como un belga por soleares, como decía el gran Sabina, en medio de una gran masa de viviendas de protección oficial de los tiempos de Franco. A su lado, la toda la vida esbelta torre del Hospital de La Paz, se ha achicado y ha perdido su elegancia y su visibilidad desde amplios puntos de la capital.

Ocupados a día de hoy escasamente a la mitad de su capacidad, su soledad y aislamiento actual acentúan todavía más el despropósito de su construcción. Son probablemente la lápida viva del Florentinismo, del Pocerismo, de las Fadesas y Coloniales, de un estilo de vida y apariencia que muere agónicamente con la crisis actual, más dura en nuestra España debido en gran medida a ese nuestro amor a la burbuja inmobiliaria, que terminó explotándonos en las manos como la pompa de jabón saliendo del juguete del niño.

El absurdo intento de copiar La Défense parisina (tan absurda como aquí) en Madrid, no se explica, máxime cuando el concepto de parque empresarial moderno ya no se estructura hacia arriba en rascacielos, sino en ciudades empresariales integradas en el medio natural, como la Ciudad del Santander o la de Telefónica, por citar sólo dos ejemplos.

De cara al exterior, a cualquier extranjero que haya estado en Chicago, Nueva York o Shanghai, donde los rascacielos se cuentan por cientos, y aterrice en Madrid viendo desde el avión los cuatro quiero-y-no-puedo, se le tiene que quedar una cara que tiene que ser para nota.

Una ciudad tan bonita como Madrid en su parte clásica, con unos edificios imponentes en su época, incluso los entonces “rascacielos” como el edificio España y la Torre de Madrid (curiosamente hoy casi vacíos), y con una zona de negocios discreta, moderna y elegante como Azca en los setenta-ochenta, no se merece una pérdida así de personalidad, queriendo ser lo que nunca podrá llegar a ser.

Hoy en día, los rascacielos son fanfarronadas de los países en crecimiento que quieren o bien emular a sus referentes capitalistas, como es el caso de China, o bien demostrar que con su poderío económico les es suficiente para colocarse a la altura de la vieja Europa o del sueño Norteamericano, como es el caso de Emiratos Arabes o Malasia.

En la Europa avanzada lo que se lleva son edificios empresariales planos, integrados en la naturaleza y con pleno aprovechamiento de las energías naturales. Edificios más seguros, racionales y menos dañinos para el medio ambiente.

Pero el ego español, ese que nos ha llevado a darnos el tortazo más grande de la crisis mundial, aún no ha llegado a su summum. Ya verán ustedes cómo, si esos edificios siguen sin ocuparse y sus propietarios amenazan con declararse en quiebra, allí estará Esperanza y sus compinches para, en pos del bien común, comprar con el dinero de todos esas moles, y llenarlas de alegres y trabajadores funcionarios con los que dar lustre a esas locuras que nunca debieron construirse.

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LOCURA ROJA

Lunes, 12. Julio 2010 22:25

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No quería caer en la obligación, por muy futbolero que uno sea, de hablar del mundial de fútbol, del mes que hemos vivido viendo la ilusión de muchos países depositada en sus equipos nacionales, ni siquiera de la histórica victoria de España. Pero, ¡qué quieren que les diga! Esto ha sido muy grande.

Ya en su día hablé sobre el efecto social del fútbol, que va mucho más allá que el de una mera actividad deportiva. Y eso es lo que, en una proporción realmente brutal, se ha puesto de moda estos últimos días. Las calles repletas en toda España, con la euforia popular desatada como nunca se había vivido en este país, han sido el mejor termómetro sociológico para valorar cómo está España.

El partido contra Paraguay tuve la oportunidad de verlo en una localidad costera de la Costa Brava catalana, en un bar a pie de calle. Los balcones llenos de banderas españolas, y la euforia post-partido con los coches haciendo sonar sus cláxones y la gente bailando por la calle, nos dan una idea de dos cosas. Una, que en este país, el hecho deportivo (Nadal, Alonso, selección española de basket, de fútbol, etc…) está ayudando mucho a perder ese absurdo complejo de usar nuestros símbolos, nuestra bandera, de proclamar con orgullo que nuestro país, con sus defectos, es un gran país, y uno de los lugares donde mejor se vive del mundo.

La segunda cosa es la certificación de que en Cataluña, como en el País Vasco, existe un abismo entre lo que proclaman cuatro politiquillos, la mayoría de ellos corruptos, y lo que la gente de verdad, el pueblo llano, piensa y siente. El ridículo resultado del referéndum de aprobación del Estatuto de Cataluña, en el que sólo votaron uno de cada tres catalanes, y esta explosión de españolidad en los balcones y calles de toda Cataluña refrenda sin ambages esta idea.

La espectacular cifra de banderas nacionales vendidas, agotadas en la mayor parte de las tiendas, doy fe de ello, es otro de los aspectos que refuerza que por fin, transición y gilipolleces políticamente correctas aparte, no nos asusta proclamar que, además de aragoneses, riojanos o asturianos, somos españoles, y que este proyecto común, merece la pena, porque como alguien dijo un día, la unión hace la fuerza.

Y no me gustaría terminar sin recordar a uno de los protagonistas de este Campeonato del Mundo, y es Paul, el pulpo con dotes adivinatorias. Hoy me he enterado que no podrá pronosticar en la próxima Eurocopa, puesto que la vida media de un pulpo es de dos años. Gracias Paul, por darnos ilusión y apoyo, y allí donde estés, recuerda que fuiste parte de una victoria histórica.

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NOSTALGIA URBANA

Domingo, 27. Junio 2010 17:35

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Que nada es como era antes es una afirmación que vamos haciendo las personas conforme nuestros recuerdos van pesando cada vez más en la mochila de la vida, y le van ganando espacio a los proyectos de futuro. 

Paseando por las calles de una ciudad cualquiera, uno va echando en falta elementos que formaron parte inseparable de ellas y de nuestras vidas y que, con el paso del tiempo, han desaparecido casi totalmente, en una muestra clara de que nos vamos haciendo mayores. 

Una de ellas es la cabina telefónica. Elemento que fué imprescindible en nuestras calles, hoy es un elemento residual que ya ni conserva su forma original y que queda en muchos casos únicamente para solaz de los vándalos urbanos.  

Recuerdo de crío la especial sensación de quedar encerrado en ella tras esa puerta plegable que se cerraba implacable, aislándote del mundo mientras tu padre o madre hablaban por teléfono. Con el paso del tiempo, éramos nosotros los que la utilizábamos, previa pelea con la moneda que siempre volvía a caer al cajetín, para solicitar una prórroga paternal el sábado por la tarde o para llamar a esa chica con la que querías quedar a toda costa. Cuántas historias de amor comenzaron o acabaron en la intimidad del metro cuadrado de una cabina. Ni siquiera la sensacional y surrealista historia de Mercero con López Vázquez de protagonista restó protagonismo a este elemento urbano, que incluso provocaba filas en su puerta para llamar por teléfono. 

Pero el maldito teléfono móvil del demonio ha ido acabando con la vida de estos pequeños oasis de privacidad en medio de la ruidosa y fría ciudad, aunque no podrá nunca borrar nuestras vivencias con las cabinas. 

Otro elemento que formó parte de nuestras vidas callejeras fue el cocinero de Coca-Cola, sí, aquel orondo cocinero con gorro y todo, que nos ofrecía el menú de ese restaurante con una sonrisa que transmitía confianza y que formaba parte ya de la familia. Las nuevas acciones de marketing, unidas a las leyes de ediles que han convertido las calles en propiedad de los ayuntamientos en vez de lugares de vida de los vecinos, han acabado con ellos. 

Y junto a estos dos elementos, cómo no mencionar al guardia urbano, ese policía con casco blanco que a los críos nos parecía un orinal, que estaba siempre en el mismo cruce no sólo ordenando el tráfico, sino completando con un toque humano el paisaje de ese rincón de la ciudad. Recuerdo cuando íbamos al colegio y cruzábamos por algún lugar no demasiado adecuado, cómo nos echaba la bronca más como la recomendación de un padre que como la de un agente de la autoridad. Recuerdo asimismo, en época navideña, la imagen del guardia encima de una especie de elevación circular de la calzada desde la que dirigía el tráfico, y a sus pies, una caja con tabletas de turrón, o una botella de champán (entonces no se llamaba cava).  

Podríamos seguir enumerando otros elementos que formaron parte de nuestra memoria y de nuestras vivencias, y que han abandonado nuestras vidas de manera discreta, como por la puerta de atrás, pero que yo me comprometo, desde este humilde rinconcito de Internet, a no olvidarlos nunca.

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GILIPOLLEZ SOSTENIBLE

Lunes, 14. Junio 2010 22:47

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Que con el paso de los años uno se va volviendo un poco cascarrabias, creo que es algo científicamente demostrado, pero que el entorno en este nuestro país colabora sobremanera en tal proceso, es algo igualmente evidente.

Una de las cosas que a diario más me cabrea, es la degradación que está sufriendo el rico idioma español a manos, o a bocas sería más correcto, de la panda de catetos e iletrados que, poco a poco, han ido haciéndose los dueños de ámbitos tan importantes en la vida social del país como los medios de comunicación o los partidos políticos y asociaciones de diversa índole.

Hace unos años empezamos por cambiar los topónimos de algunas ciudades. Los catalanes, que nunca han sido un ejemplo hablando una lengua, imagínense ahora con dos, nos intentaron convencer de que en Navalmoral de La Mata el cartel que rezaba Lérida 250 debía ser cambiado por LLeida 250. El problema es que lo consiguieron con los políticos de turno, tan catetos o más que ellos, y acabaron cambiándose en toda la geografía nacional. Si alguna vez se encuentra con un catalán, no intente convencerle de que cuando usted habla español debe decir Lérida, y cuando lo haga en catalán, Lleida. No lo entienden. Ni siquiera cuando les hablas de London en vez de Londres, para ver si así se dan cuenta de la ridiculez. Y como en esto de las autonomías vale aquello de maricón el último, pues les siguieron los gallegos y vascos con A Coruña, Hondarribia y cosas por el estilo.

Con el paso de los años, diversas palabras han ido cayendo en desgracia, por aquello de las modas o usos sociales. Por ejemplo, ya no existen los manicomios sino los centros psiquiátricos, los ambulatorios sino los centros de salud, y la personas con un problema físico ya no son inválidos sino discapacitados, que es más políticamente correcto.

Por no se sabe qué tipo de prejuicio, a los ciegos se les llama invidentes, a los drogadictos, toxicómanos, a las mandaderas, empleadas del hogar y a los porteros, conserjes (galicismo absurdo).

Un ejemplo de batalla perdida contra este ejército de analfabetos es lo de la violencia “de género”. De nada sirvieron las recomendaciones de la Real Academia de la Lengua a los gobiernos de turno, explicándoles, por si en su día no fueron a la escuela, que las personas tenemos sexo y las cosas género, y no al revés. Pero no hay manera, y los medios de comunicación tienen una gran parte de culpa en ello.

Medios de comunicación en los que cada día, se habla peor el español. Expresiones como “han habido dos accidentes”, o “yo pienso de que…” , por poner sólo dos ejemplos, están consiguiendo que nuestros jóvenes, ayudados en tan noble tarea de cargarse el castellano por el teléfono móvil y artilugios similares, sean los que peor manejan nuestro idioma en los últimos decenios.

Pero en esto del idioma, nada como las modas. Y la última es la palabra “sostenible”. Amigo, si usted no dice al menos cinco veces al día esta palabra, usted no está en la onda. Da igual de que hablen nuestros queridos catetos. Sostenible puede ser todo. Una fábrica, el desarrollo económico, una planta, un filete de ternasco, mi vecino el del cuarto… La sostenibilidad es la excusa para montarte un discurso guay. Es como ocurrió en su día con la palabra solidaridad. Hubo una época en la transición en la que, si no la usabas, eras tachado de facha y reaccionario, y si la utilizabas, te codeabas con la crème de la gilipollez progresista de este país.

En fin, que si Don Mariano, mi viejo profesor de lengua, levantase la cabeza le iba a dar un patatús, perdón, una pérdida temporal de la percepción, viendo lo que estamos haciendo del idioma más bonito y rico del mundo.

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