Lunes, 14. Junio 2010 22:47

Que con el paso de los años uno se va volviendo un poco cascarrabias, creo que es algo científicamente demostrado, pero que el entorno en este nuestro país colabora sobremanera en tal proceso, es algo igualmente evidente.
Una de las cosas que a diario más me cabrea, es la degradación que está sufriendo el rico idioma español a manos, o a bocas sería más correcto, de la panda de catetos e iletrados que, poco a poco, han ido haciéndose los dueños de ámbitos tan importantes en la vida social del país como los medios de comunicación o los partidos políticos y asociaciones de diversa índole.
Hace unos años empezamos por cambiar los topónimos de algunas ciudades. Los catalanes, que nunca han sido un ejemplo hablando una lengua, imagínense ahora con dos, nos intentaron convencer de que en Navalmoral de La Mata el cartel que rezaba Lérida 250 debía ser cambiado por LLeida 250. El problema es que lo consiguieron con los políticos de turno, tan catetos o más que ellos, y acabaron cambiándose en toda la geografía nacional. Si alguna vez se encuentra con un catalán, no intente convencerle de que cuando usted habla español debe decir Lérida, y cuando lo haga en catalán, Lleida. No lo entienden. Ni siquiera cuando les hablas de London en vez de Londres, para ver si así se dan cuenta de la ridiculez. Y como en esto de las autonomías vale aquello de maricón el último, pues les siguieron los gallegos y vascos con A Coruña, Hondarribia y cosas por el estilo.
Con el paso de los años, diversas palabras han ido cayendo en desgracia, por aquello de las modas o usos sociales. Por ejemplo, ya no existen los manicomios sino los centros psiquiátricos, los ambulatorios sino los centros de salud, y la personas con un problema físico ya no son inválidos sino discapacitados, que es más políticamente correcto.
Por no se sabe qué tipo de prejuicio, a los ciegos se les llama invidentes, a los drogadictos, toxicómanos, a las mandaderas, empleadas del hogar y a los porteros, conserjes (galicismo absurdo).
Un ejemplo de batalla perdida contra este ejército de analfabetos es lo de la violencia “de género”. De nada sirvieron las recomendaciones de la Real Academia de la Lengua a los gobiernos de turno, explicándoles, por si en su día no fueron a la escuela, que las personas tenemos sexo y las cosas género, y no al revés. Pero no hay manera, y los medios de comunicación tienen una gran parte de culpa en ello.
Medios de comunicación en los que cada día, se habla peor el español. Expresiones como “han habido dos accidentes”, o “yo pienso de que…” , por poner sólo dos ejemplos, están consiguiendo que nuestros jóvenes, ayudados en tan noble tarea de cargarse el castellano por el teléfono móvil y artilugios similares, sean los que peor manejan nuestro idioma en los últimos decenios.
Pero en esto del idioma, nada como las modas. Y la última es la palabra “sostenible”. Amigo, si usted no dice al menos cinco veces al día esta palabra, usted no está en la onda. Da igual de que hablen nuestros queridos catetos. Sostenible puede ser todo. Una fábrica, el desarrollo económico, una planta, un filete de ternasco, mi vecino el del cuarto… La sostenibilidad es la excusa para montarte un discurso guay. Es como ocurrió en su día con la palabra solidaridad. Hubo una época en la transición en la que, si no la usabas, eras tachado de facha y reaccionario, y si la utilizabas, te codeabas con la crème de la gilipollez progresista de este país.
En fin, que si Don Mariano, mi viejo profesor de lengua, levantase la cabeza le iba a dar un patatús, perdón, una pérdida temporal de la percepción, viendo lo que estamos haciendo del idioma más bonito y rico del mundo.